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Masaje Ayurveda

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Gwalior lo había elegido por una foto. No es uno de los lugares más frecuentados por los turistas aunque posea una de las mejores fortalezas de India. Pasábamos a otro estado, Madya Pradesh, y ya se apreciaban muchas diferencias con el Rajastán: la gente se ataviaba de otra manera, y el ambiente era más urbano. De hecho, los hoteles de Gwalior estaban más preparados para los hombres de negocios que para el turismo.

Tras rechazar el hotel que tenía previsto por viejo, por sucio, por caro y por la chulería del recepcionista, y tras acomodarme en otro más barato e infinitamente mejor, subí a la fortaleza. Ya no me sorprendía el abandono en el que se encontraba: era algo habitual.

India es un país de miles de lecturas, es una invitación continua a la reflexión, que no a la comprensión, y estas fortalezas, esos palacios en ruinas, aquellas havelis descuidadas, no eran más que un fiel reflejo de la fugacidad del éxito, de la juventud, de la vida, recordándote que siempre existe un final hasta para las historias más sólidas o más hermosas.

Al entrar en una dependencia del recinto, un huracán de murciélagos sobrevoló una cabeza que por la oscuridad entró agachada. Una vez dentro, ¡qué le iba a hacer!, permanecí el tiempo justo para hacer una foto al techo donde los quirópteros más perezosos seguían suspendidos. Antes de acceder a otras salas, fui más prudente. No soy un valiente, y mi amor a los animales y al arte no llega hasta extremos de creerme Indiana Jones.

La gente con la que me topé no quería venderme nada, solo gastar palabras que no eran más que preguntas del tipo ¿Cuál es tu nombre?, ¿te gusta India?, ¿cuál es tu profesión?, ¿estás casado, tienes hijos...? Nada comprometedor, nada que requiera poseer una amplia cultura. En ocasiones me preguntaban qué hacia allí, y de tanto interrogarme, a veces, me hacía la misma pregunta.

Desde las almenas de la fortaleza, vigilaba India. Utilizaba unos prismáticos que me aproximaban los detalles. Desde esa privilegiada posición se escuchaban los sonidos de la ciudad, el murmullo de las gentes, la música improvisada y el ruido de una venidera tormenta de lluvia que se anunciaba en un horizonte lleno de nubes vestidas de cardenales; lluvia que avisaba sobre lágrimas futuras.

Es increíble la cantidad de agua que puede caer en unos minutos y los efectos que causa. Desde un coche que ya prácticamente navegaba, surcamos la ciudad. La torrencial lluvia cubría de agua Gwalior. Algunas calles eran lagos en los que reposaban vehículos abandonados temporalmente por sus dueños hasta que amainase el aguacero. Los regueros de agua erosionaban unas calles de cauces imperfectos. Se veían accidentes de bicicletas y motos, que aprisionaban con sus radios de metal las manos que permanecían bajo el agua; también rickshaws derrapados en imposible cabriola que se estrellaban ante la mirada de unos hombres que no mostraban ni sorpresa ni interés en lo que estaba sucediendo. Los niños corrían y se bañaban desnudos mientras un grupo de cargadores de bultos —hombres de los recados— intentaban avanzar hacia su destino con un agua que, en algunos casos, superaba sus caderas. Un caos multiplicado por mil: se había acabado el programa turístico.

En el hotel de Gwalior me recreé en una carta de masajes ayurvédicos. Según la medicina ayurveda, la naturaleza y la persona lo conforman todo, y para curar las enfermedades se tiene en cuenta esto. Según estas teorías, el cuerpo está controlado por tres fuerzas: pitta, la fuerza del sol que controla los procesos digestivos y el metabolismo; kapha, la luna que controla los órganos del cuerpo, y vata, el viento, que controla el sistema nervioso. Una persona sana es aquella que tiene estas tres fuerzas en equilibrio: Para armonizar esas fuerzas se utilizan diferente hierbas y mezclas naturales.

Como yo no necesitaba un masaje, sino un tratamiento de choque, decidí que me haría dos de los largos, de los más de una hora; quizá la reflexión en la fortaleza de Gwalior sobre la fugacidad del éxito me había llevado a ello. Al comentárselo al masajista, me explicó que no podía ser, que dos serían demasiado, y después de hablar un rato conmigo, en el que me hizo varias preguntas sobre mi estado de salud, juzgó que el más adecuado era uno en el que se notaban los efectos más rápidamente.

De una hora de duración, el tratamiento consistió en un masaje de todo el cuerpo, incluida la cabeza, empleando el masajista para ello una variedad de aceites naturales. La técnica consistía en trabajar todas las articulaciones y los músculos para que el cuerpo quedase más flexible, más relajado. Los efectos se notan rápidamente, y más cuando el agotamiento, que no el cansancio, de los días en el cuerpo y en la mente son factura que no acabas de pagar.

No fue un masaje de esos que te contorsionan el cuerpo ni de esos que parecen que te hacen cosquillas. Fue un masaje en el que se estudiaba tu anatomía, tu grado de flexibilidad, la dureza de tus huesos y, a partir de ahí, ¡a relajarse! Sentía cada hueso, cómo la piel se estiraba, cómo cada músculo se iba colocando; cómo, en fin, me iba regenerando.

La mejor opción para un día de lluvia de poco que hacer.



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Soul India II 7 de julio - 22 de julio

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