El astrólogo del Taj
Por la tarde, cuando la temperatura había bajado unos grados y las nubes amenazaban con descargar agua de tormenta, me fui a visitar el fuerte de Agra. Me decepcionó un poco, debido quizá a que solo puede visitarse una pequeña parte —la otra está en manos de militares— y a que después de ver el Taj Mahal es difícil que, tan seguido, te impresiones con otras cosas.
Con el descuido habitual de los fuertes de
Paseé por espacio de una hora y no me tiré sobre la hierba por no poner el coche perdido a Dinesh. Son esos momentos que te hubiesen gustado compartir con alguien que entendiese el significado de la lluvia cuando ésta no es lágrima que baja sino alegría que sube al cielo.
Regresé al hotel. Estaba cansado, necesitaba descansar de tanto ajetreo.
Había quedado con el chef del hotel en que esa noche me preparase una cita gastronómica; y en las citas, soy puntual. Cuando llegué al restaurante, él, solícito, salió a recibirme y me acompañó a una mesa que había vestido para la ocasión. La situación perfecta: cerca de los músicos, lejos de turistas ruidosos y a una distancia prudencial de una familia india numerosa. La cena fue memorable: un menú degustación de especialidades vegetarianas, servida en un thali de plata profusamente decorado, y acompañado de chapatis de diferentes sabores y texturas.
Bajar una cena de esas características requería tiempo, y mi cheque diario aún no estaba agotado. Me encaminé al bar del hotel para tomar una copa. Sentado a escasa distancia de mí, se encontraba el astrólogo del Taj. En India hay hoteles excelentes que tienen de todo: gimnasio, peluquería, fotógrafo, masajista, médico. Lo del astrólogo yo no lo había visto nunca. Había visto su extensión en el directorio de servicios del hotel y en pequeños carteles repartidos por el hall. Había visto muchos palmistas y astrólogos durante el viaje; pero como no creo demasiado en esas cosas, no prestaba demasiada atención a sus reclamos. Sin embargo, que un hotel de cinco estrellas, un sitio serio y de postín, tuviera un astrólogo era bastante asombroso. Aún dudaría más de media hora y un ridículo whisky antes de dirigirme a él. Luchaba entre la razón y una curiosidad que ya no picaba: escocía.
Su actitud era seca: se tomaba su trabajo muy en serio, y creo que estuvo a punto de rechazarme al ver que no mostraba el más leve signo de concentración. Me tomó la mano izquierda; luego la derecha. Me preguntó la fecha y lugar de nacimiento y dibujó puntos en la palma de la mano. Eran puntadas precisas, aguijones que se clavaban en las intersecciones de las líneas de mi futuro como si él tuviese la potestad de administrarlo. Una vez finalizada la operación se apartó y en un bloc de notas apuntó a toda velocidad algo que no pude ver, dejándome en ascuas durante un rato en el cual consiguió alterarme un poco. Satisfecho con sus anotaciones esbozó una mueca de complacencia y empezó a contarme: ¡Mi pasado! Lanzó un órdago y no sé cómo, lo ganó. Acertó todo. Yo no había abierto la boca, y durante su exposición había mantenido una expresión de directivo correcto, que escucha, pero que no tiene intención de comprar nada. El que hubiese acertado en cosas de mi pasado podía haber sido fruto de la casualidad, de la experiencia y de un profundo conocimiento del comportamiento humano, pero acertar en fechas exactas era demasiada casualidad. Continuó leyéndome el futuro y espero que adivinase algo de lo que dijo, porque según él, me iba a ir muy bien. Insistió en dos o tres puntos. Le pedí que lo escribiese en un papel y ese papel, que contiene su nombre, dirección y teléfono, espero me sirva para confirmarle que lo que me dijo se cumplió.
Su último consejo fue: —No creas ciegamente a nadie. Me dejó chafado: ¡Con la ilusión que me había hecho!





