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Alma de mujer encerrada en silenciosa geometría

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Había puesto el despertador a las cuatro y media de la mañana para ver amanecer el Taj Mahal. De noche no se ilumina y se eclipsa, como si a la luna se le hubiera denegado el derecho a acariciar su mármol blanco.

Cada minuto que pasaba, la tonalidad del Taj iba alternando hasta que, una vez que el sol sobrepasaba la cúpula principal, el blanco de su brillo y la contaminación de la ciudad difuminaban su figura en un cuadro de Monet. No podía esperar más, y a las ocho de la mañana me hallaba en la puerta. Había advertido al conductor del ciclo rickshaw que no era necesario que hiciese guardia hasta mi salida: tenía intención de quedarme varias horas dentro, y no sabía ni la hora aproximada de mi salida del monumento. Él, con la tranquilidad de «más vale pájaro en mano que ciento volando», me dijo:

— No hay problema, yo aguardo allí, al lado de ese árbol.

— No es necesario —insistí—, prefiero pagar el servicio ahora y si a mi regreso todavía estás, prometo hacer el camino de vuelta contigo remunerándote la misma cantidad: —«¿Es okey

— «Es okey», ningún problema, yo espero —sentenciaba, sumiéndome en el desconcierto más absoluto. Todo era «okey, no hay problema» y esto, a mí me ponía un poco de los nervios, más que nada por la poca sangre que tenía el pobre hombre. Es como si le dices a alguien: «¿Estas tonto?» y te contesta con un «es okey, no hay problema». ¡Yo no quería engañar ni aprovecharme de nadie! y sabía que iba a estar unas dos o tres horas más que un turista normal.

Fueron cuatro horas. Quería hacer una visita de ritmo suave. Había bebido agua suficiente, pasado por los aseos; me preparé para un largo viaje sobre el mármol. Un viaje que no me iba a decepcionar en absoluto. Hay veces que tenemos tantas ganas de ver algo que luego nos decepciona o no se ajusta a lo que teníamos en mente; lo que teníamos imaginado. El Taj Mahal es como el fuego, como el mar: no te sacias de contemplarlo, te apresa, te borra, y no piensas. No lo hace de una forma violenta ni insultante. Te va atrayendo, te va acercando: «despacio, no corras» parece que va diciendo. Desde cualquier ubicación es perfecto, sin defectos que encontrar porque no los hay. Me senté sobre el mármol, sobre la hierba, en los bancos buscando la clave de los misterios que encierra. Respiraba profundo, no sé si suspiraba: era un acordeón. Su figura era relajante, un bálsamo para los dolores del cuerpo y alma.

El Taj Mahal es un mausoleo construido por amor; quizá una de las pruebas de amor más grande que haya conocido la historia tras la muerte de un ser amado, quizá la única. La perfección de sus líneas, la riqueza de sus relieves tallados con piedras preciosas, la complejidad del interior de la tumba, los constantes cambios de color que parecen darle vida, así lo sugieren. Cuentan que el emperador mongol paso sus últimos años contemplándolo con nostalgia desde el Fuerte de Agra, donde había sido confinado por su hijo al acceder al poder. Otras versiones menos románticas indican que el emperador murió como consecuencia de una orgía de sexo y drogas. En cualquier caso, prefiero quedarme con la versión más romántica.

Erraba por los jardines y advertía cómo las dos mezquitas, magníficas por otra parte, que flanqueaban el mausoleo eran ignoradas por los visitantes: eran patitos feos que en otro lugar hubiesen sido cisnes. Para mí eran el complemento ideal al inmaculado mármol de la tumba. En el interior de la tumba los guías hacían demostraciones de la acústica del mausoleo con aires desconsolados, cantos de «blues mongoles».

Puedo asegurar que los lamentos del emperador debieron ser música que intentaba agrietar las entrañas de la tierra para rescatar el alma de su esposa muerta.



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Soul India II 7 de julio - 22 de julio

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