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Una habitación con vistas

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Días atrás había estado mareándome en Internet «googleando» un hotel en Agra. Los que había visto o eran excesivamente caros, o excesivamente insulsos. Ninguno me llamaba la atención. Buscando y rebuscando, localicé una oferta en el Taj Wiew, un emblemático hotel de la cadena Taj: un chollo. Como Agra es una ciudad conocida por los timos, las intoxicaciones en los restaurantes, por los agresivos comisionistas de Taj Ganj, porque había tenido un día «jodido» con el bujarrón que sudaba aceite y, además, porque me apetecía, finalmente reservé en ese hotel. Dinesh me había persuadido para alojarme en uno, donde seguramente obtendría una jugosa comisión, pero ese hostal, en el que me pidieron casi la misma cantidad que en el Taj, era cutre, sucio y el aire acondicionado lo controlaban ellos, lo que significaba que dependiendo del estado de ánimo del recepcionista, podías estar a cuarenta o a menos tres. Total, un hotel que si hubiese aceptado quedarme, con toda seguridad habría salido resfriado o cabreado.

En India, se puede negociar casi todo menos el tabaco, la comida y poca cosa más. En los hoteles, antes de decidir si te quedas, es muy aconsejable echar un vistazo a varias habitaciones y luego emprender un regateo, que en muchos casos rebaja el precio en más de un cincuenta por ciento; máxime en ese verano del dos mil tres, un año en el que en algunos alojamientos solo estábamos Shiva y yo. Descubrir el límite es difícil. Es como jugar a las siete y media: no puedes pasarte ni quedarte corto, ya que te puedes encontrar pagando el doble por un uso individual o sondeando otro hotel en mitad del día o de la noche. ¡Qué más da! Eso no es cómodo.

En el Taj, inspeccioné las habitaciones del hotel aplicando los estándares de calidad que años atrás definí cuando me dedicaba a eso de la industria sin humos —una gran mentira por otra parte— y revisaba los hoteles, antes de la llegada de mis grupos de incentivo. En India, verificaba cada elemento de la habitación no con el objetivo de analizar si cumplía los requisitos. Mas bien, lo que me llevaba a ello era tener argumentos que justificasen una reducción en el precio. Después de ver diferentes habitaciones y obtener un pequeño descuento, opté por una habitación superior, o de «luxe» —como les gusta decir a ellos, aunque no lo sean—, con unas magníficas vistas al Taj Mahal, y sólo por eso merecía la pena alojarse allí. Además, me incluían el desayuno, aunque yo solo bebía un café o un té.

Estaba ansioso por admirar el Taj Mahal desde la panorámica ventana de mi habitación. De manera urgente, deposité un billete de veinte rupias en las manos de un botones que se retiró de la habitación «haciendo la ola». No abrí la mochila, coloqué el cartel de «please no disturb», me descalcé y me pegué al cristal para admirar el atardecer.

La figura del Taj Mahal al fondo sobrecogía. Era hermosísimo; un oasis en medio del desbarajuste indio, una discreta antorcha de luz que se extinguía con el crepúsculo y resurgía cada mañana como el Ave Fénix. Me quedé más de una hora contemplándolo y no resistí la tentación de ir a visitarlo. Apenas quedaba media hora para que cerrasen y no merecía la pena pagar el dineral que pedían por la entrada. Me acerqué a la orilla del río Yamuna para fotografiarlo. Se mostraba altivo, soberbio. El río contaminado no le restaba belleza.

A pesar del día de nubes violetas, a pesar del día tristón.



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Soul India II 7 de julio - 22 de julio

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