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7 de julio San Fermín , día de encierro

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Una carretera arbolada de túneles verdes, de campos de maíz labrados por saris de colores despedían el Rajastán. Entrábamos en Uttar Pradesh, el estado donde se encuentra el Taj Mahal y la ciudad sagrada de Varanasi.

Mi primera visita, a la increíble Fatehpur Sikri: una ciudad solitaria, construida en arenisca y perfectamente conservada que fue erigida por Akbar.

Cansado de la agitada vida de Agra, el soberano mongol, de talante diplomático y conciliador, igualó en derechos a musulmanes e hindúes y, fue el primer emperador que se esposó con una princesa hindú. Él deseaba que Fatehpur fuese un símbolo del poder mongol, y que se convirtiese en una especie de ciudad de las artes, donde el genio y la filosofía floreciesen en medio de los valles que lo rodean. Su sueño se truncó, al no poder acarrear agua suficiente a la ciudad, la cual fue abandonada treinta años después del inicio de su construcción. El legado arquitectónico que dejó Akbar es uno de los lugares más impactantes de India; con mezquitas, palacios y salas de audiencia que parece que nunca fueron habitados. Me hubiera gustado visitarla de una forma menos tensa, más pausada. Fue imposible: todos los pesados, buscavidas, timadores, guías de palo y vendedores parecían haberse conjurado contra mí. Al bajar del automóvil, advertí que en Uttar Pradesh la gente era mucho más agresiva, más complicada que en Rajastán, con más mala leche... Ignoraba si se debía a su condición musulmana o a que se habían quedado así de pequeños. El caso es que al final tuve que cabrearme; no demasiado, porque a mí hay muy pocas cosas que consigan sacarme de mis casillas, pero lo suficiente para que Dinesh se quedase alucinado y los otros, «acojonados». Tras contratar un guía —no espabilaba—, que se convirtió en cuatro diferentes hasta que llegué a la mezquita —cada cinco metros tenía uno nuevo—, lo primero que advertí fue como el «guía» estaba más pendiente de desviar mi atención hacia los puestos de artesanía de sus amigos que de comentarme el significado de las escrituras que asomaban grabadas en el mirhab de la mezquita. Al hacérselo notar, cambió el semblante y aparentó rectificar, pero sin saber cómo, me vi en el interior de una tienda en la que se celebraba la feria más grande de elefantes tallados en una sola piedra de la India. Me excusé ante al dueño de la tienda por mi escasa afición compradora, y proseguí la visita. A partir de ese momento, el guía abrevió sus explicaciones, dando «el tour» por finalizado diez minutos después. Al pagarle la cantidad estipulada, me pidió más dinero. ¡Cómo debí mirarle! porque salió escopeteado y no lo volví a ver por todo el recinto.

Al salir de la mezquita y calzarme los zapatos, otro jovencito que no aparentaba más de veinte años «se encontró conmigo», mientras marchaba hacia unas ruinas en las que no había nadie: el viejo truco de «pasaba por aquí». No quería dinero, sólo acompañarme, practicar su inglés. No llegaban muchos turistas últimamente —decía— y él precisaba practicarlo. Y, efectivamente, no quería dinero: ¡Quería sexo! Allí el inglés se llamará así. Yo qué sé. Al trepar por unas piedras para ascender a una deteriorada atalaya de la antigua fortificación, me ofreció la mano para ayudarme a subir unos peldaños ruinosos de más de medio metro de altura. En lugar de soltar mi mano, una vez que nos encontrábamos arriba, y en cuestión de segundos, llevó mi mano hacia sus testículos, genitales, criadillas, huevos, paquete o como cada cual lo quiera llamar —que hay veces que la escritura sale basta e irritada— y comenzó a frotarse. Inmediatamente, aparté mi mano y lo miré con una expresión de «no me toques los c...» que le descompuso. Se disculpó alegando que a él le gustaban los hombres y que yo debería experimentarlo, que el sexo entre hombres estaba muy bien y que le gustaría practicarlo conmigo. No le hice ni puñetero caso y seguí caminando.

Sucesos de este tipo, no son la primera vez que me pasan: en Barcelona dos franceses borrachos; en Egipto, en Saqaba, un policía le preguntó a una antigua novia, «¿cuánto por el mozo?»... Y así, varios tipos más que, ignoro por qué, les llamo la atención.

Al llegarme donde se encontraba Dinesh, le dije que si le apetecía una Coca-Cola. El calor era insoportable, picaba, haciendo muy incomoda una visita que ya de por sí me estaba resultando un poco molesta. Cuando fuimos a buscarla, se presentó otra vez el jovencito «salido» con un montón de amigos y me rogó que le invitase a una Coca-Cola, invitación a la que se quería apuntar toda la cuadrilla. Dejé claro que solo a él.

— Bueno, qué más da —pensé, luego que se vaya a hacer puñetas. Seguía provocándome, sugiriendo que nos encontrásemos en Agra, que si Dinesh era mi novio, que por qué no los tres. En fin, jilipolleces.

Al ir a pagar me pidieron unas cantidades que no se pagan ni en el lugar más lujoso de la India. Saturado de tanta tontería, de tanto encierro, me cabreé — enfadarse era demasiado suave—, elevé el tono de voz, los llamé ladrones, los desafié, incluido al misógino sexual. Cuanto más elevaba el tono de voz, más bajaban los precios, hasta que harto de pasar calor, y tras considerar que era absurdo que unos mindundis me hiciesen perder el tiempo y los nervios, pagué y me fui. Continué con la visita. Me quedaba un recinto y no iba a renunciar a verlo por culpa de esa panda de toca-narices. Es más, a un guía oficial que me ofreció sus servicios y que, en otro momento no me hubiese importado contratar, le dije que no y le expliqué claramente las razones. Él, se quejaba suplicante:

— Siempre pasa lo mismo, esto es un problema para los turistas —comentaba esperando que sus palabras me conmoviesen y finalmente accediese a contratarlo, y yo, que ese día y después de lo que había vivido minutos antes estaba ya de hombre de «oídos sordos y no veo nada», le contesté duro, seco y borde, que el problema no era para los turistas sino para él, y que mientras no limpiasen la zona de esos individuos se repetiría la escena que estaba ocurriendo y no podría trabajar.

Como otras veces, pagan justos por pecadores.

De camino a Agra, y en uno de los pasos fronterizos que me parecen bastante ineficaces si uno se los quiere saltar —son barreras de una cuerda gruesa y un paso de madera que se levanta al tirar de ella—, encontré a un montón de osos encadenados, iguales a los que había visto en Estambul que bailaban y hacían gracias para los que allí se detenían. Cuando el dueño me solicitó dinero, le dije que no con la boca y algo más. Me negaba a participar de ese circo.



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Soul India II 7 de julio - 22 de julio

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