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Donde nacen los sueños chamulas

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Donde nacen los sueños Chamulas

 

 

San Cristóbal había amanecido limpia, de empedrado reluciente y colonial que deslumbraba en aquellos tramos donde el Sol iba acomodándose en el día,  calentando a las pocas personas que se aventuraban en las vacías calles de la mañana del domingo. En el Parque Central apenas se adivinaban un montón de pájaros chillones que revoloteaban entre los árboles rompiendo el silencio  mientras que los primeros fieles se acercaban a una catedral que ya había abierto su regazo a las almas.

Atenazado por la ansiedad de visitar San Juan de Chamula sin la previsible marabunta de turistas, que como yo asistiríamos a un lugar sagrado, me había levantado temprano y atravesaba las cuadras conjeturando sobre lo que allí me iba a encontrar y cual iba a ser mi reacción ante las diferentes experiencias que me aguardaban. No en vano, la lectura de algunos episodios ocurridos en Chamula, y la especial manera de profesar la religiosidad de sus habitantes, me habían intimidado un poco tirando a bastante. No soy pusilánime, pero cuando los usos, las costumbres y la religión se aúnan alienando a una colectividad, es mejor ser prudente; y es que San Juan Chamula se rige por un sistema de autogobierno donde sus dirigentes y cargos públicos son elegidos por sus méritos, el respeto que se hayan ganado en la comunidad y supongo, que como en todos los sitios, por influencias, tejemanejes y sobornos, porque el ser humano es propenso a corromper al prójimo cuando la recompensa es el poder o el dinero.

Los Tzotziles tienen fama de ser muy independientes. Aferrados a sus usos y costumbres, el estado de derecho para ellos es una entelequia y cualquier intromisión en sus asuntos tiene serias posibilidades de acabar como el rosario de la aurora. Ya los conquistadores españoles experimentaron en sus propias carnes como se las gastaban los mayas Tzotziles cuando les costó Dios y ayuda someterlos política y militarmente; que religiosamente como ocurrió en otras comunidades mayas nunca lo consiguieron, o al menos como lo habían pensado, en este episodio de la historia, los frailes dominicos que acompañaban a los soldados imperiales; o más  tarde, en 1869, enTzajaljemé donde se enfrentaron a criollos y mestizos durante la Guerra de las Castas; o en los primeros años del siglo XX con el legendario “Pajarito” un tipo de armas tomar que tuvo en jaque al Estado Mexicano durante bastante tiempo.

En mi paseo, yo me reía para mis adentros imaginando al soldado historiador Bernal Díaz del Castillo intentando controlar y gobernar la encomienda de Chamula que le había sido otorgada y explicando a los indígenas – “con mucho amor” según relataba en sus crónicas - las cosas tocantes a la Fe Cristiana. En esos juegos de la mente en los que me mimetizo con la historia, me llegué a la terminal d e colectivos, muy próxima al mercado, y fácil de ubicar por las indicaciones que asomaban en algunas calles. Cuando entré tan solo había cuatro personas, además de dos chóferes y un encargado. Un cartel avisaba a los usuarios que si transportaban aves lo hiciesen en cajas de cartón o en bolsas, pero que éstas no asomasen.   Subí al colectivo deseando con todas mis fuerzas no tener ni caja de cartón ni bolsa con inquilino cerca de mi, y me situé en la parte trasera, al lado de un adolescente que no respondió ni a mis buenos días ni a mi sonrisa.  En pocos minutos se fue completando el pasaje. Subieron por este orden: una mujer, que llevaba una caja de cartón y una bolsa con frutas y tortillas recién hechas que exhalaban aroma de maíz caliente; dos revoltosas niñas vestidas de azules y negros, con el pelo recogido en trenzas desiguales que mascaban pedacitos de tortilla que su madre les había ofrecido. Las tres después de examinar el interior de la camioneta se sentaron en los lugares más alejados de mí; luego un hombre flaco y fibroso que montó tras ellas, agarraba en una mano, una bolsa negra como las de la basura por la que sobresalían hojas de plantas a las cuales parecía hablar porque mascullaba palabras, mirándolas mientras las manoseaba con sumo cuidado; con la otra mano sujetaba un monedero de tela. Dos hombres más:  uno con camisa de cuadros y otro con  camisa blanca, ambos con gorras de béisbol, que minutos antes habían  discutir con un tercero; una mujer desdentada y enorme que sujetaba con fuerza varios bolsos tejidos con diferentes dibujos; un loco, o al menos eso me pareció, porque movía la cabeza convulsivamente y hablaba de dos tonos; y finalmente una familia de seis personas que llevaban varias cestas con pasteles, y a los que hicimos sitio como pudimos, acoplando las cestas entre los escasos huecos que quedaban. En ese cubículo, tenía la sensación de no ser bien recibido, de ser un intruso, un inoportuno compañero de viaje.  Ninguno habló en español durante el trayecto, aunque para ser más preciso nadie habló durante el recorrido de casi diez kilómetros de una carretera adornada por verdes colinas en la que se veían parcelas de maíz cultivado y algunos indígenas limpiando las mañas hierbas.

 

Al observar como mis compañeros de viaje se erguían respetuosos ante la visión de tres cruces, que representan a los tres barrios de Chamula, ubicadas a la entrada del pueblo, supe que estaba traspasando el umbral hacia una dimensión en la que el cuerpo, el alma y los sueños se fusionaban en el espacio y en el tiempo.  Es posible también - que lo bueno de la imaginación y de los viajes es que uno puede especular - que la actitud de esos hombres y mujeres se debiera a la proximidad del cementerio que tiempo atrás me había llamado la atención cuando ojeaba un reportaje sobre Chiapas en una antigua revista de viajes. Un cementerio que  sobre el papel me había estremecido por la variedad de cruces que aparecían en la fotografía. Cruces de diversos tamaños; enormes algunas y menudas otras; cruces de colores azules y verdes para los adultos, blancas para los niños y negras para aquellos que cumplían más de 52 años, debido – según me contó un guía días después en Chichen Itza -  a la tradición maya según la cual  ese es el periodo de un siglo y la edad que marca la vejez, y  que por uno de los habituales despistes que  suelo tener en los viajes no llegué  a visitar.

La calle principal que desemboca en  la plaza, estaba cortada al tráfico por ser día de mercado y tanto la calzada como las aceras eran un hormiguero de hombres y mujeres que caminaban serios como si la felicidad y las sonrisas estuviesen prohibidas. Las aceras eran una sucesión de tenderetes, carritos y manteas repletas de tejidos, bolsos, objetos de cuero y cachivaches varios que obstaculizaban el tránsito; y la calzada por la que nos abríamos paso se estrechaba a medida que nos acercábamos a la plaza. Con requiebros, fintas, y mucho esfuerzo conseguí llegar hasta la esquina del ayuntamiento donde había un pequeño puesto de pollos y gallinas que seguramente en unas horas acabarían en la iglesia para que les diesen matarile.  Caminé unos metros hasta  a la oficina de turismo y allí firmé  en el “Libro de Honor” o las estadísticas; “Un Fernando estuvo aquí”, sin haber dañado el patrimonio. Tras pagar el obligado peaje para visitar la iglesia, me dirigí hacía ella dando un rodeo.

La fachada de tipo colonial, pintada en blanco, no revelaba ningún signo de que en el interior se celebrasen ceremonias ajenas a la religión católica. Parecía la típica iglesia que uno puede encontrar en Mesoamérica; pero sí había algo que llamaba la atención. El pórtico de entrada, en el que los contornos coloreados en verde, azul y verde albergaba símbolos que asemejaban flores o figuras geométricas y que nunca los había visto en otro templo; y en sus costados ramas largas y sin vida que parecían de pino o de ciprés. Me acerqué a la entrada midiendo los pasos, caminando con cuidado, como quien se acerca a un precipicio. En la puerta, que permanecía entreabierta, un mayordomo de pelo cano, cara curtida y mirada afilada que expresaba una mezcla desprecio y desconfianza, examinaba los permisos y evaluaba el aspecto de los que nos agolpábamos en la puerta.  Muchas eran las leyendas que había leído o me habían contado - y estas parecían ser ciertas - sobre los castigos que se aplicaban a aquellos que infringían las normas que gobiernan la comunidad: desde el linchamiento público,  a la expulsión del pueblo; desde la multa, a la cárcel o todo a la vez y no necesariamente en ese orden. Y a mí, repito, esas cosas me han inquietado siempre porque la masa no escucha ni atiende a razones y un malentendido o una equivocación pueden convertirte en cabeza de turco o víctima inocente de una exaltación.  

La peculiar manera de entender su religión católica ha devenido en ocasiones a unos extremos de intolerancia que asustan: como ocurrió durante las décadas de los setenta, ochenta y primeros noventa donde más de 35.000 personas, principalmente evangélicas, fueron golpeadas, vejadas y expulsadas de la comunidad por unos caciques - que podrían haber sido discípulos de Torquemada  y sus chicos - que no admitían que esas almas hubiesen abandonado el culto católico tradicionalista. Una religión católica, por otra parte, muy particular, que en los años de la conquista se impuso como se imponía en esa época; apelando a la violencia en nombre de Dios o Santiago el que cerraba España, y sustituyendo a las bravas los ídolos por imaginería cristiana, curanderos por curas, templos por iglesias y ceremonias por misas en latín. Los Tzotziles a lo largo y ancho de los siglos fueron adaptando la  nueva doctrina a sus creencias, aceptando y rechazando lo que les convenía – de hecho el único sacramento que admiten es el bautismo - modelando su propia religión y manera de vivirla.

 

Una vez dentro, permanecí a escasos metros de la puerta, cerca de una campana que seguramente dejó de sonar tras una revolución. La visión de lo que allí sucedía provocó que mi corazón se acelerase y mi piel se erizase por razones que seguramente nunca descubriré: fue un golpe brutal a mis sentidos. Tenía la impresión de que me había introducido en el corazón de una de esas sectas que aparecen en las películas de aventuras en las que se escuchan repetidamente palabras graves y monótonas.  

 

El suelo de la nave estaba cubierto por un denso follaje de hojas de pino desparramadas anárquicamente sobre el piso, formando una alfombra resbalosa que rodeaba cientos de velas encendidas simétricamente ordenadas, de diferentes tamaños y colores y frente a ellas sentados o hincados de rodillas, grupos familiares y feligreses, absortos del mundo, rezaban, lloraban, gemían, pedían o gesticulaban. Esa primera contemplación, unida al olor entremezclado que emanaban las hojas de pino, del copal que a modo de incienso ardía en diferentes puntos y que rompía los vaporosos halos de luz que entraban por la ventana,  y los finos hilos del humo que desprendían las velas que impregnaba el ambiente, todo ello, me había sumido en una especie de alucinación que requería tomarse su tiempo para asimilar lo que ocurría. Comencé a andar a pasitos, tentando el suelo, cuidando de no derrumbar los cirios. Quería absorber todo y me asombraba buscando con la mirada en tres dimensiones, las claves que me ayudasen a descifrar y comprender los rituales múltiples que se celebraban.

De diferentes anclajes situados en la cubierta caían colgaduras de telas estampadas en forma de uve invertida, sucias de hollín por el humo de las velas y el incienso. En los laterales de la iglesia, numerosas vitrinas de cristal encerraban santos católicos infantilmente coloreados; algunos tallados en madera, otros esculturas de yeso, piedra o cerámica; pero todos cubiertos con telas y listones, algunos muy engordados por los varios vestidos que portaban. Allí moraba sino todo, casi todo el panteón celestial: San Antonio de Padua, San Sebastián Pastor,  San Marcos, San Lucas, Santiago, Santa Rosa de Lima, la del Carmen, Santa Marta, San Miguel Arcángel, San Judas Tadeo, los Pablos, San Pedro el de las Llaves.  De sus cuellos colgaban uno o varios espejos que según supe era por si a alguien se le ocurría hacer mal de ojo, o algún turista  intentaba fotografiarles, o como escuché a una guía, que explicaba en voz baja a un pequeño grupo que estaba cerca de San Marcos, el espejo  sirve para reflejar la imagen de quien se confiesa porque el ser humano nunca podría engañar a sus propia imagen. También me enteré de que a un santo, del que no recuerdo nombre ni milagros, lo habían vuelto cara a la pared castigado, como si hubiese sido un mal alumno, por no haber atendido o solucionado el encargo suplicado. Al fondo de la iglesia y vigilado por mayordomos bastón en mano, se exhibía  el altar presidido por San Juan Bautista “Señor de los Chamulas”. A un costado, en un segundo plano, se hallaba la imagen de Cristo quien para los Tzoztiles es una deidad maya, pues creen ellos que Cristo se levantó de la cruz para convertirse en Sol.

Una vez hube curioseado visualmente la iglesia me dediqué a observar los diferentes rituales que se llevaban a cabo. Una Ilole o curandera colocaba velas en el suelo de forma parsimoniosa. Lo hacía de forma solemne, estudiando la ubicación de cada bastoncillo de parafina . Hincada de rodillas frente a la imagen de San Miguel Arcángel, y ante la atenta mirada de la mujer para la cual hacía el rito y dos o tres turistas que allí nos encontrábamos, iba disponiendo velas de color blanco, de una en una, ordenándolas por hileras, de menor a mayor y encendiéndolas mientras recitaba frases o plegarias incomprensibles para mi en un tono de voz elevado que en nada recordaba a las recogidas oraciones o ruegos que se realizan en las iglesias católicas. Bebió, primero de un frasco pequeño y luego de otro. Segundos después tomó una gallina blanca que albergaba en su regazo y la restregó con mimo contra el cuerpo de la mujer. Desplazaba el ave una y otra vez sin dejar de pronunciar sus ruegos y oraciones. Con ello, conseguiría pasar los males de la mujer a la gallina, además de marearla. Más tarde la depositó en el piso y durante unos momentos o minutos, que a esas alturas ya no sabía medir el tiempo porque me encontraba algo turbado y embobado con esa visión, aumentó el silencio creándome un desasosiego triste porque en esos momentos, a pesar de la curiosidad que me había llevado a San Juan Chamula, sabía que estaba profanando algo muy íntimo, invadiendo un lugar que exigía el más celoso respeto y la situación me incomodaba, me avergonzaba y me hacía sentir algo estúpido; yo no era quién para turbar si quiera con mis ojos aquellos instantes, aunque no podía evitar sentirme  atraído hacia ello.

La curandera volvió a prender la gallina y la izó y la menó cabeza abajo por encima del humo de las velas. Volvió a depositarla en el suelo y a implorar, muy concentrada en lo que hacía, mientras el corazón del ave latía resignado deseando su  final. Unos minutos después elevó el pollo y retorció su pescuezo con un movimiento preciso y murió a los pies de las velas. Se produjo un silencio que aproveché para continuar mi particular peregrinación.

Para los Chamulas, cuando una persona sufre de un mal se limpia su cuerpo con un huevo, símbolo de la fertilidad o con un gallo si el mal es grave. La enfermedad y el pecado se irán con el gallo o en el huevo a freír espárragos.  

Algunos hombres bebían un aguardiente de maíz llamado Posh y otros Coca Cola y refrescos y eructaban porque así se expulsan en Chamula  a los espíritus y los pecados. Y dialogaban en voz alta, valiente sin importar si eran escuchados por el resto de los hombres, porque en ese momento estaban hablando directamente de tu a tu,  con absoluta convicción,  a sus dioses.

 

 

A medida que avanzaba la mañana las velas iban iluminando prácticamente todo el templo. Apenas quedaban unos pequeños pasillos cuya anchura limitaba el espacio para dos cuerpos, uno de entrada y otro de salida cuerpos que se rozaban y en ocasiones se restregaban, a medida que más fieles se sentaban a rezar y comenzaban a disponer en el suelo o en pequeñas bancas las velas, que en la mayoría de la iglesia eran blancas y que sirven para pedir salud, pero que en algunos rincones eran de colores, amarilla para el trabajo, verde, como no podía ser de otra manera, para la esperanza y negras para joder a alguien. 

 

Y ahí, en el piso, de rodillas, sentados y alguno de pie,  estaban los habitantes de San Juan Chamula, realizando sus ritos, agradeciendo favores a sus sincréticos santos, pidiendo su ayuda,  pero sobre todo Soñando.  Soñando con vencer las enfermedades, soñando con la derrota de los problemas, soñando con deshacerse de las aflicciones del alma, soñando con el amor, soñando…  

 

No permanecí mucho tiempo más. Antes de salir de la iglesia, un mayordomo recogía los restos de la parafina derretida y limpiaba el suelo. Un Chamula abandonaba el recinto. Había eliminando las malas energías, equilibrado sus cosas o concibiendo el nacimiento de un  sueño.

 

 



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Los sueños perdidos II

Mexico , Mexico



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