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Paseo del Ramadán

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Desde la azotea del hotel el cielo se va apagando en tonalidades pasteles, encendiendo las luces de la Mezquita Azul que parecían apagadas instantes  antes.  Huele a otoño, o quizá huelan los recuerdos de una infancia que por momentos vuelve y que revive en la retina de la vida las hojas muertas; el olor húmedo y terroso que dejaba el humo de la hojarasca quemada en pequeños montones en los jardines de Ávila; unos jardines que durante unos días quedaban semidesnudos y olvidados; olor a brisa intermitente y baja que anunciaba en tu cara que el verano había acabado dejando siempre la sensación de cosas que quedaron sin hacer, de cosas que nunca volverían; de perdida progresiva y sin retorno de la vida: nuevo curso.  

 

Respiro hondo, perdiendo la mirada una veces en los altivos, imponentes, simétricos y puntiagudos minaretes de la  Mezquita Azul; otras, en la sobriedad anaranjada  de Santa Sofía. De vez cuando me giro para ver el callado y sereno azul del mar de Mármara donde algunos cargueros y aisladas y frágiles barcas de pescadores, inmóviles sobre la masa azul, parecen haber sido puestos para mejorar el paisaje. Es una visión de 360 grados, una perspectiva íntima de una ciudad que, a uno, se le hace familiar. Durante quince o veinte minutos voy deambulando por la azotea, recreándome en futuras pisadas, desvelando sensaciones de libertad en las que el alma demanda sosiego, urge arrinconar  conflictos y regocijarse en cada clic visual. Vuelvo a Estambul.      

 

Decido bajar a la plaza de Sultanhamet  pero antes miro de soslayo a Santa Sofía y le pido con la imaginación que me cuente cosas de la ciudad, que por unos momentos me haga revivir la  historia. Estoy dispuesto a escuchar.   

 

En la calle, la llamada gutural y amplificada de los muecines se esparce en ecos sincronizados por la ciudad anunciando la anochecida. Es época de Ramadán.  Como cada año en el noveno mes lunar, el mundo árabe entra en una especie de letargo temporal e intermitente que  sólo acaba con el bullicio que origina un sol dormido. Alrededor de la Mezquita Azul, dando la espalda a Santa Sofía, se congregan miles de musulmanes que se desparraman en anarquía agitada y absoluta por todos los recovecos de los jardines y de la plaza de Sultanhamet. De un minarete a otro han colgado una hilera de luces que forman palabras  incomprensibles para mí.  

 

Camino con un ritmo entrecortado, dócil,  provocado por los aluviones de gente que deambula solitaria, en grupo, en masa por toda la plaza. Es como estar en una nebulosa que te envuelve y te lleva hacia todas y a ninguna parte; un dejarse llevar resignado. Hay niños que corren como ratones perdidos, sobreexcitados por el ambiente; mujeres con la cabeza empañolada de mil modas que distribuyen en partes desiguales pan, sopa, pasteles… ofreciendo, sumisas, en primer lugar a los hombres de la casa quienes mantienen una actitud seria y circunspecta, vigilantes al masticar y tragar por si son observados pero al mismo tiempo seguros de estar marcando su territorio. Las mujeres parecen disfrutar más que los hombres. Charlan y ríen entre ellas:  quizá ese día estén estirando la cuerda o posiblemente esos días sean momentos de poder expresar algo más que un callado vasallaje, un acatamiento rutinario de sus vidas.  Se ve mucho teléfono móvil, mucha foto tecnotelefónica que inmortaliza por igual a amigos y familiares; estampas y gentío anónimo y a mi me parece, que esta fiesta, las fiestas, ya no son lo que eran o a lo mejor resulta que en nuestra percepción somos incapaces de notar el paso del tiempo o que seguramente nos gustaría  hacer nuestra propia foto de la vida, de las cosas, que todo fuese a imagen y semejanza de nuestros deseos.

 

Sigue cayendo la noche y Sultanhamet es una aglomeración histérica, un hervidero donde se  confunden los colores y los olores. Como se confunden las músicas que provienen de la mezquita, de los coches atascados que doblan la percusión haciendo sonar sus molestas e inoportunas bocinas; también las melodías superpuestas de las carpas de los restaurantes montados para la ocasión. Hay gritos, miradas, sonrisas que se pierden con las nuevas, cuerpos que se esquivan y cuerpos que se chocan; instantáneas emocionales que rompen el obligado ayuno del Ramadán. Estratégicamente situados los vendedores de castañas pregonan su mercancía atropellando palabras, vociferando ofertas, compitiendo en volumen y viveza verbal con los vendedores de mazorcas de maíz que parecen tener más éxito: los castañeros no saben que para vender castañas hay que pasar frío o dar la sensación de que se pasa y que la mitad de una venta depende de que el aroma de las castañas calientes no se diluya rápidamente en el aire y sea respirado, porque la gente compra sensaciones y sin saber muy bien el por qué, referencias del pasado. Al lado del hipódromo, los hombres se arremolinan en sudor de chaqueta y jersey de domingo en torno a los vendedores de kebabs y charlan animadamente sin quitar ojo a los cocineros que, frenéticos, cortan verdura, giran la carne piden más pan, o envuelven y despachan  la comida que ágilmente cobra uno de los camareros. Llama la atención la ausencia de discusiones en la cola. Ni siquiera unos ojos de ¡vaya morro tienes macho! entre la gente, a pesar de que siempre alguien se cuela. Recorro mas puestos de comida: hay algunos que tienen mesitas y pequeñas sillas donde más que beberse parece que se juega con el té pasándolo de vaso en vaso, escanciado la infusión con precisión asturiana ó se hace botellón de yogurt o de refrescos de colores imposibles. Rodeo uno de ellos, no al azar, y me encuentro en una miniferia donde hay carruseles de muchas vueltas y grasa vieja. Apenas sube gente. Al lado, un puching ball requetegolpeado, donde los más jóvenes parecen hacer apuestas para ver quien es el más fuerte. Son más apuestas visuales que retadoras; apuestas del qué dirán o yo no voy a ser menos: apuestas de siempre. Se suceden los golpes, imprecisos, torpes; golpes de adrenalina impaciente. Nadie, excepto el dueño de la atracción, consigue alcanzar la máxima puntuación  y los turcos que asisten a la exhibición de fuerza y maña no saben que si es capaz de hacerlo es por el tedio que producen las horas muertas, por los días de exigua recaudación, por los trucos mil veces practicados y porque un feriante que no hace trampas pierde el respeto entre el gremio. Intenta, para incitar al público a que vacíen sus bolsillos, enseñar una técnica que sólo poseen sus manos y que con seguridad fue aprendida como consecuencia de las frustraciones que deja la vida. Además, el ya no tiene los nervios del pegador amateur que siente como las miradas van hacia él; miradas por otra parte que nunca buscan el éxito sino el fracaso porque el ser humano se regocija más con el error ajeno que con el éxito propio y porque las colas, esperar, siempre inquieta a aquel que pretende imponer que la vida pasee a su ritmo. Poco a poco se van animando nuevos participantes. Lo intentan una, dos, hasta tres veces, límite no escrito pero aceptado en eso que llamamos oportunidades; tres ridículos seguidos. De pronto, uno de los que observan tímido y apartado, se acerca despacio mirando al suelo y da un puñetazo seco, contundente, que hace saltar todas las luces de la atracción y apaga la ironía de los labios colaterales. Ha ganado. Mira alrededor alejándose orgulloso con la cabeza alta y el pecho por las nubes.

 

Las bombillas de los numerosos tenderetes parecen luciérnagas ocultas entre los árboles de Sultanhamet tintineando por el efecto de un viento que comienza a asomar tímido en la otomana noche haciendo revolotear papeles y envoltorios arrojados a un suelo cada vez más pegajoso. Permanezco al lado de un quiosco de caramelos, disfrutando de la elaboración artesanal de pirulís de colores donde un  tendero bigotudo y concentrado en su labor, enrolla en un pequeño palo el jarabe de azúcar haciéndolo girar incansable, dando forma precisa a la golosina mientras los niños aguardan el momento de la compra vigilando el proceso y asintiendo con la autoridad que otorga la ilusión. Eligen y salivan los colores señalando con el dedo su mezcla favorita aunque saben que todos tendrán el mismo sabor: azúcar y limón. Continuo andando. Huele a palomitas que el tiempo templa y enfría. A cada paso aparece una nueva sensación, cada pocos metros un nuevo olor, una nueva temperatura, un sonido, una música; en definitiva un recuerdo.  No hay tiempo para extender el pensamiento o encontrar una referencia ; una humareda vil de carne descontrolada viene hacia mí, una humareda que me distrae, ciega y desconcentra de la visión de un hombre que lleva tiempo ausente de todo. La fiesta no va con él o hace ya años que vuelve por inercia, por esa inercia que tenemos todos con el pasado. Es Ramadán en Estambul, es Ramadán en la Mezquita Azul.  

 

Me alejo hasta la calle Divan Yolu, para tener una visión oblicua de la Sultanhamet Cami, que emerge formidablemente iluminada, atrayendo,  fijando    la atención y desarmando con su belleza la mirada de cualquier paseante. Unos minutos después me dirijo hacia ella como un hipnotizado ausente, subyugado por el ambiente. Se me hace complicado abrirme paso entre los cuerpos excitados por la  celebración,  pero tras ser rechazado involuntariamente por la multitud, al segundo intento traspaso un estrecho umbral flanqueado por  vendedores que promociona libros del Corán y otros, más jóvenes, enseñan y muestran, más agresivos, aunque quizá solo sea una pose, lecturas y panfletos que son ofrecidos y comprados con la misma pasión. La situación, más que hostil es incómoda. Sobretodo, cuando a trompicones comienzo a descalzarme para entrar en el interior de la mezquita. Agarro fuertemente mis zapatos con una mano mientras con la otra procuro guardar equilibrio y abrirme paso entre una multitud que quiere entrar y otra que quiere salir. El calor ahora se hace asfixiante, de respiración caliente y por un momento dudo si darme la vuelta pero juzgo que es peor. Instantes después, como si saliese despedido o alguien me hubiese empujado, me adentro en la mezquita. Es una sensación extraña. Por un lado los fieles, por otro el respeto que provoca siempre invadir un espacio que no entiendes y que tampoco te esfuerzas por comprender.

 

A diferencia de las iglesias cristianas, las mezquitas no solo son lugar de oración si no también de reencuentro, descanso y parece que el silencio no forma parte del ritual. A esas horas hay un runruneo constante, una hilera de murmuraciones que reverberan en las azuladas vidrieras y que te dejan la impresión de que estás violando su intimidad, así que salgo a pesar de que la observación del ambiente me esté encantando.    

 

Al salir, el frió penetra en un cuerpo sudado, un cuerpo de dos temperaturas  que el viento cada vez mas poderoso  hace que el paseo se haga incómodo. Me alejo y me desoriento huyendo del ruido y me pierdo en calles negras donde el silencio te pone en alerta mientras mi mente proyecta las imágenes y sonidos vividos minutos antes. Es Ramadán en Estambul.

 

 



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Turquia, Turkey



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